La calle estaba llena de gente, con su acostumbrada multitud
llena de prisas de ir y venir. El suelo estaba mojado por la tormenta del día
anterior y el sol estaba oculto desde que la vi en la puerta de la tienda. Me
hizo un gesto y me acerqué. Ella llevaba un vestido blanco, el pelo corto y
arreglado. En las uñas tenia pintadas
banderitas de Inglaterra y sus piernas se unían en la cadera dando forma a mi
sueño. No pegaba para nada con el paisaje urbano del lugar, pero aun asi estaba
preciosa. Me encantaba como le quedaba ese piercing en su cara.
Sus vidriosos ojos estaban fijos en su zapatos y su
semblante andaba serio y triste a un metro de mi. No sabía que decirle porque
no podía decirle nada que no supiera, porque me faltaban las palabras que tan
cortas se me quedaban siempre cuando le decía algo. Por una vez no sabía en lo
que ella estaba pensando, quizás pensase en lo ridículo que yo me debería sentir
con esa situación, o quizás en lo bonitas que son sus rodillas. El Sol salió detrás
de una nube y caímos en una burbuja que nos apartaba del resto del mundo. Todo
a nuestro alrededor parecía ir una cuarta parte más lento, las personas ya no parecían
tener prisa, paseaban disfrutando del tan esperado sol veraniego cuando ella
levanto la vista y vi sus ojos.
No sonrió, me miro a los labios y dijo que se estaba
enamorando de mí, que maldita mi culpa por ser así, por regalarle cada mañana
los mejores motivos, por pintarle cada amanecer una sonrisa con mi más sutil
caricia. Por desearla tanto que tembláramos los dos cuando quisiera besarla.
Y las mejores palabras no siempre se dicen con el mejor tono,
pero si con la más dulce voz. Ya hace 20 años de aquel día, y aún recuerdo como
le sonreí con todo mi cariño y la estreche entre mis brazos. No hay mañana que
no piense en ese momento y en qué habría pasado si la hubiera besado, o si la
hubiese tomado de la mano y me hubiera ido lejos sin soltarla. Quizás de tanto
amor que guardábamos el uno por el otro, no dejamos sitio al valor.
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