
No había más de quince
sillas en el prado cuando ella salió detrás de uno de los miles de almendros
que nos guardaban del resto del mundo. Su paso era firme y grácil, como si
saltase de pétalo en pétalo de los muchos que los almendros habían formado para
ella.
El césped era de un verde
intenso que se iba apagando conforme ella lo pisaba. Apenas se podía ver el
cielo a través de las ramas de los arboles porque cada hueco que había lo
llenaban los rayos del Sol. Entonces el piano empezó a tocar su melodía y los
pocos asistentes se giraron para admirar la , mientras cada nota que llegaba a
mis oídos precipitaba más su sonrisa hasta la mía.
Pestañee un segundo más de
la cuenta y ya estaba a mi lado, solo una cortina de pétalos blancos nos separaban,
y allí estaba yo, con mi impecable traje azul tembloroso. Me cogió de la mano
firmemente y emitió una carcajada silenciosa, solo eso, pero para mí fue
suficiente.