Era verano, no sé qué día, ni que mes, ni que año, pero eso
daba igual. Estaba tumbado en el césped a la sombra de un gigantesco árbol
cuando la brisa veraniega me trajo su perfume hasta mí. Me incorporé y la vi,
iba descalza con un bonito vestido beis que resaltaba su alucinante pelo. Fue
avanzando lentamente con una sonrisa hasta llegar donde me encontraba. Clavó
las rodillas en el suelo y me beso. Se había puesto morena desde la última vez
pero aun así su piel era tan suave como la recordaba, sus delicadas manos tan
sutiles como un guiño entre la multitud. Su cuello tan esbelto como ella misma
y sus labios… volvieron a confundir mis sentidos una vez más.
Su perfume ahora acariciaba mis oídos, su piel era como las
melodías tocadas con el filo de una copa de cristal húmedo. Mis ojos saboreaban
sus labios mientras que mi boca se deslizaba por el beis de su vestido. Hice el gesto más estúpido que jamás había
hecho, cogí una flor que tenía a mi derecha y se la coloque en el pelo. Las
yemas de sus dedos rozaron mis labios antes de besarme de nuevo y fundirnos bajo
la secreta mirada de los árboles.
No puedo recordar más allá de las caricias de aquel día, de
sus sonrisas y mis calores, de las lágrimas de alegría, de sus besos, de mi
deseo porque nunca sucumbiera ese momento al olvido…
No hay comentarios:
Publicar un comentario