Yo no era el más guapo de todos, ni el más cachas, ni
siquiera el más listo, pero si el más afortunado. Porque no serían unos ojos
azules los que mirasen sus verdes ojos, sino marrones. No serían unos brazos
musculosos los que la arropasen por la noche, sino unos que nunca la
desarroparían. No iba a escuchar las cosas más inteligentes del mundo, pero si
las estupideces que le sacasen una sonrisa.
Porque ella no es perfecta, no como en mis sueños, con su
larga melena dorada y su sutil perfume a primavera, ella es mejor que en mis
sueños. Tiene un pelo oscuro como la noche y unos ojos verdes que me
transportan sin saber a dónde. Una sonrisa brillante apoyada sobre su firme
pero curvada barbilla. Pero lo mejor de todo no era su dulce voz, ni que cada
vez que tenía que marcharse, su perfume se quedara conmigo y ella oliera a mí,
sino sentir por un segundo que sus manos me acarician el corazón con un solo
roce en mi pecho. Que cada vez que me sonríe inclinando la cabeza, un
escalofrío eriza mi piel.
Cada vez que le pregunto que por qué me eligió a mí, ella
con una sonrisa exclama: “Yo no te elegí, fuiste elegido por…” y seguidamente
se lleva mi mano al pecho y nos fundimos en el beso más tonto que jamás
inventamos.
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