Era una fría y oscura noche, los árboles se agitaban
ferozmente contra el viento en una constante pelea por la armonía. Los búhos,
esos juglares de la noche, contaban sus andanzas desde su escondite.
Asustado corrí sin rumbo fijo buscando la forma de salir de
ese laberinto de la naturaleza, cuando de repente apareció ella, la princesa de
las noches, con su gélido rostro y su fija mirada en mi cuello. Petrificado hice
un amago de volver por donde había venido pero los árboles formaban una jaula
casi inexpugnable de la que no había forma de salir, asique contemple la más
maravillosa danza que jamás habría podido imaginar.
Ella bajo desde la copa del árbol más alto como si de un
solo escalón se tratase, balanceándose entre las copas de un millar de árboles
por fin llego al suelo. El viento se paró, las ramas dejaron su incesante lucha
y los búhos atendieron a ese espectáculo que ya había comenzado.
Su suave pelo dorado se mecía sobre su rostro. Se quedó a
poco más de un palmo de mi cara aún con la mirada fija en mi cuello mientras se
mordía el labio inferior. En una fracción de segundo sus oscuros ojos miraron
intimidantemente los míos y acto seguido se abalanzó sobre mi cuello.
Lo tenía todo a su favor para acabar con mi vida, un solo
sorbo más de mi sangre y mi último aliento se habría ido con ella para siempre,
pero en vez de eso paró, me acarició las ahora descoloradas mejillas y me beso
en los labios.
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