Dos personas corriendo en
la misma dirección, el chico dejándose el aliento por ese posible encuentro y
la otra, dubitativa, da minúsculos pasos si cabe. Hasta que él desfallezca, las
piernas le flojeen y las fuerzas le abandonen y caiga rendido en un tumulto de
gente, solo otra vez, como la vez anterior, y la anterior y la anterior…
¿Cuántas veces hay que
morder el polvo para saborear la gloria? ¿Un millar? Llegará el momento que de
morder tanto polvo hasta la más dulce de las victorias tenga un cierto tono árido…
¿Tan difícil es caminar con paso firme en la dirección adecuada? ¿Tanto nos
cuesta entender que al final de este camino hay algo que merece la pena?
Y él cae, y vuelve a caer
pero se levanta una vez tras otra, pero esta vez hay algo distinto… Ella ha
dejado de dar esos pasitos hacia él, a pesar de verlo tendido tan cerca de
ella. Él reúne coraje y se levanta y con el último aliento de calor que le
queda en los pulmones exclama: “¡No des pasos en falso nunca como acabo de
hacer por ti! pero recuerda que… ¡ Te quiero !” e hincando primero las rodillas
y luego desplomándose, callo su corazón en el olvido… Ella volvió a dudar. Pensó
que ya era tarde, él había muerto por conseguir un abrazo suyo, que no merecía la
pena caminar 13 pasos para dárselo como regalo de despedida…
Y así es como la esperanza
se pierde, las ilusiones se desgastan el
corazón se enfría, todo bajo la atenta mirada del ser querido.
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