Me encontraba frente a la pantalla del ordenador cuando empezó
a sonar el móvil, hacia tanto que nadie me llamaba que ya no reconocía ni la melodía
que tenía puesta, tan vieja y desgastada como mis recuerdos. Era ella, quien
menos esperaba estaba al otro lado de la línea. Paso un minuto sin que dijera
nada, pero su respiración la delataba, estaba dolida y angustiada, deseaba
poder encontrar las palabras para expresar lo que sentía, pero no las encontró…
o no las quiso encontrar…
Mis cuerdas vocales emitieron un sonido firme y frio, y con
un golpe seco de voz le dije “te quiero”. Mi voz no era para nada reflejo de mí,
estaba tembloroso y asustado, mi miedo se hacía patente en mis manos que sin
parar quietas, habían causado estragos en la mesita.
Tras una larga pausa, susurro “lo siento” y colgó. Eran las
palabras menos adecuadas para aquel momento, pero aun así eran las que eligió.
Nunca antes me había esforzado en nada tanto como aquella
noche por aguantar las lágrimas, no había sentido nunca tal opresión en el
pecho. Los ojos me ardían y el corazón se me quedaba frio, congelado. Las rodillas
temblaron una vez más hasta que chocaron con el suelo, pues me había levantado
de la silla y me dirigía a la cama, a cambiar sonrisas por lágrimas, caricias
por arañazos, besos por mordiscos, “te quieros” por silencios y sueños por
pesadillas
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