La cálida brisa veraniega
golpeaba mis mejillas sin tregua mientras miraba con desesperación el reloj.
Eran ya las 11 y media y me empezaba a poner nervioso. Todo estaba oscuro en lo
alto de la colina y a lo lejos solo se veían arboles y mas arboles.
Una insinuante figura
apreció de la nada entre las sombras como una tenue ráfaga de aire fresco y un
escalofrío saco mi mejor sonrisa. La figura se acercaba poco a poco hacia donde
yo estaba y mi mente se quedó en blanco completamente hasta que estuvo a mi
lado. Se acercó aún más y me beso.
Yo no podía creerme lo que
estaba pasando, todo era tan irreal pero allí estábamos los dos juntos,
tumbados por fin bajo la atenta mirada de las estrellas. Escudriñe el cielo en
busca de la Luna para ver si todo era real, pero en la inmensidad del cielo
solo había un manto de estrellas asique nos quedamos embobados sin decir nada,
mirando cada rincón del firmamento hasta que llegará el momento del siguiente
beso.
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